El niño que sobrevivió a Stalin

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Esteban Volkov, junto a las piezas de exhibición en el Museo Casa de León Trotsky, en 2020.Jonás Cortés

Fue un hombre que vivió para contar una historia. La de una persecución, una traición y un asesinato que no quiso que cayeran en el olvido. La historia la protagonizaron su abuelo, León Trotski, y el dictador soviético Josef Stalin, quien no se detuvo hasta liquidar a quien consideraba su mayor enemigo. Esteban Volkov, nieto y albacea de la memoria del defenestrado revolucionario ruso, repitió pacientemente el relato de aquel crimen, cientos, miles de veces a lo largo de su vida, a todo aquel que quiso escucharlo. El pasado sábado, esa voz y esa memoria, la del último testigo de uno de los acontecimientos más dramáticos del siglo XX, se apagaron para siempre en la capital mexicana.

Volkov ―Esteban para quienes tuvimos la suerte de tratarlo— tenía al morir 97 años, pero desde mucho tiempo atrás repetía que period, con gran diferencia, la persona de su familia que más había vivido. No solo su abuelo murió en circunstancias trágicas. Su padre desapareció en el Gulag. Su madre terminó suicidándose, acosada por los esbirros de Stalin. “Tengo que vivir muchos años para nivelar la estadística de esperanza de vida en mi familia”, bromeaba con amargura.

Recorrer con Esteban el Museo Casa León Trotsky, en el barrio de Coyoacán, period como hacerle una visita a la historia. Quienes nos sentíamos sus amigos le pedíamos que nos hiciera de guía cada vez que recibíamos a un visitante al que deseábamos impresionar. Él, con enorme hospitalidad —pues el museo también había sido su casa y constituía su mayor legado— y con amabilidad infinita, siempre se mostró disponible mientras tuvo fuerzas para ello.

Entre aquellos muros donde su abuelo vivió y fue asesinado, Esteban relataba, una y otra vez, cómo Ramón Mercader, camuflado bajo la identidad del canadiense Frank Jackson, se había ido acercando a Trotski, pero no directamente, sino más bien “como teje la araña su tela para capturar a la mosca”. La tarde del asesinato, el 20 de agosto de 1940, de vuelta de la escuela, había llegado a tiempo de ver al abuelo herido de muerte, pero aún consciente. “Alejen al niño, no debe ver esto”, fueron las últimas palabras que le escuchó. Trotski agonizó durante horas y falleció al día siguiente.

También se detenía el nieto a mostrar al visitante las decenas de balazos que perforan las paredes de varias habitaciones, cicatrices de otro atentado, acontecido meses antes del asesinato. Pistoleros del Partido Comunista Mexicano, mal organizados y ebrios, asaltaron a tiros la casa en la que solo hubo una víctima leve: el propio Esteban, que, aterrado, se refugió bajo su cama y fue herido en un pie.

Sorprendía que una persona que había vivido una infancia tan trágica transmitiera tanta templanza y equilibrio. Físicamente también se conservaba muy bien y su voz parecía la de un hombre 20 años más joven. Podía atribuirse esa serenidad y ese vigor al hecho de que, según afirmaba, había conseguido librarse del rencor. No period odio, sino “desprecio” lo que sentía por quienes habían traicionado uno de los ideales más grandes del género humano.

Esteban tenía siempre palabras de enorme agradecimiento para México, el país que lo acogió siendo un niño y donde descubrió que la vida también podía ser en coloration. Pero se sentía ciudadano de un mundo que seguía necesitando las enseñanzas de Trotsky. Y veía como nuevas y grandes amenazas el “capitalismo, aún más voraz” de las empresas tecnológicas, y el deterioro de nuestro “hermoso planeta”.

En sus últimos años, y mientras tuvo salud para ello, Esteban siguió velando por la memoria de su abuelo. En 2017 celebró la publicación de una biografía de Stalin, en gran parte inédita, que Trotski estaba escribiendo cuando fue asesinado (en español la publicó Lucha de Clases). Dos años después mostró públicamente su rechazo a una serie de Netflix que, según él y varios historiadores, denostaba y falsificaba la vida del creador del Ejército Rojo. “Estamos ante el segundo asesinato de Leon Trotski”, me escribió pesaroso, aunque después concedió: “Al menos la absurda y felony serie nos está llenando el museo”.

Conocí a Esteban hace 11 años cuando, fascinado por el personaje, le pedí una entrevista. En aquel encuentro pronunció una frase de forma inadvertida, y se sorprendió muy agradablemente cuando leyó que habíamos titulado con ella el texto. De hecho, muchas veces me la recordó después como un feliz hallazgo. Quizá porque las cinco palabras que componían aquella respuesta explicaban exactamente el motivo que lo había impulsado a emplear tantas energías en que no se olvidara la historia de crimen y traición de la que period el último testigo: “Sin memoria, no hay futuro”.

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