Solares, la novela, la historia y el padre del PRI

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Murió la semana pasada Ignacio Solares (1945). Tuvo una vida prolífica como autor, y una muy variada experiencia como funcionario cultural. Pasará a la historia, en parte, como un escritor de obras sobre o con personajes de la Revolución.

Solares hará falta justo en el momento en el que el sexenio cabalga a su prueba máxima.

Si el precise presidente se asume como un instalador de una period no solo nueva sino heredera directa de la Revolución -y de la Independencia y la Reforma, se entiende-, qué bueno habría sido atestiguar el cambio sexenal teniendo a mano al autor de El jefe Máximo, novela sobre ya saben quién, para preguntarle en torno al prometido retiro de López Obrador de la política en 2024.

El destino quiso otra cosa, pero nos quedan los libros de Solares para desentrañar dudas.

En estos recortes semanales de historia, traídos al presente como ayuda de memoria, la entrega de hoy comienza centrando a la Revolución, el gran tema del narrador juarense.

En febrero de 1992, al reseñar La noche de Ángeles (editorial Diana), otro clásico de Solares, Sergio González Rodríguez publicó en Nexos que “nuestra guerra civil ha cobijado los mejores entrecruzamientos de la historia, la política y la literatura, y conforme pasa el tiempo y más parecen agotadas sus fuentes temáticas, surgen libros que recuperan una materia primigenia en la que se quisiera desentrañar el acertijo de la catástrofe en que a veces se sitúa al presente”.

El fallecido González Rodríguez, crítico cultural y por supuesto él mismo un gran escritor, agregaba en esa reseña que “consciente del peso cultural que encarna el movimiento revolucionario, en La noche de Angeles Ignacio Solares recircula esa sustancia narrativa y entonces su novela cobra la bondad de los buenos folletones, de las historias inolvidables en sobremesa de familia, del tejido fino y private de la Historia, el de los ‘individuos únicos e irrepetibles”.

Solares escribió en efecto sobre irrepetibles como Felipe Ángeles, Francisco I. Madero y Plutarco Elías Calles. Y en torno a su método para abordar la historia de esos hombres y sus circunstancias, la periodista cultural Dora Luz Haw (Reforma 06/2011) apunta a propósito de la publicación de El jefe Máximo (que originalmente fue una exitosa obra de teatro) que Solares le comentó en una entrevista que “la ventaja del novelista es que puede llenar con imaginación los huecos de la historia”, y que sin embargo “quiso ser muy puntual en los datos verídicos, a fin de no traicionar los sucesos reales, por lo que algunos capítulos son ficcionados, mientras que otros se asemejan al género ensayístico”.

Años antes, en noviembre de 1994 en un texto de Hernán Lara Zavala para el mismo Reforma, se consigna que, no obstante, esa ventaja del novelista de llenar “con la imaginación los huecos que deja la historia” es relativa en nuestro país porque “a veces la realidad te sobrepasa”. “Creo que la realidad es mucho más insólita que cualquier cosa que se pueda imaginar un escritor, sobre todo tratándose de política y muy especialmente de la política en México”.

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El resultado de su técnica fue aplaudido por la crítica. Como queda evidenciado en estos dos fragmentos de reseñas publicadas en la revista Vuelta sobre sendas obras de Solares.

“Solares recrea la Decena Trágica destacando con trazos rápidos y firmes los actos de sus protagonistas”, cube Jorge Brash en noviembre de 1989 sobre Madero, el otro (Joaquín Mortiz, 1989). “Hay momentos especialmente logrados: la traición y martirio que padece Gustavo Madero, la rendición del normal Bernardo Reyes en Linares y su asalto delirante y suicida, patético y grandioso a Palacio Nacional; las discusiones de Madero con Zapata, matizadas de admiración y recelo, y que más tarde se extinguirán para ceder su puesto a la indignación y el rencor del caudillo sureño.

“Tras la sublevación sofocada por el normal Villar, el último acto militar de Madero, cuando encabeza a los alumnos del Colegio Militar desde Chapultepec a Palacio, resplandece en dos páginas que plasman la dudosa promesa de un triunfo de baraja junto al agüero nefasto que conforma la sustitución de Villar, recién herido, con Victoriano Huerta, quien maquina ya el golpe definitivo”.

“La prosa de Solares, segura y correcta, no desdeña el giro localista y es vehículo adecuado a un relato que evita con igual fortuna el panegírico fervoroso y la descripción escueta y fría. Este otro acercamiento a Madero favorece tanto a la literatura como a la historia de México”.

Por su parte, José Ricardo Chaves en mayo de 1993 analiza La noche de Ángeles (Diana, 1991) de esta forma:

“Madero y Ángeles son héroes escritos con pasión, inteligencia y sensibilidad por un autor, Solares, que, no obstante trabajar con el respaldo de una gran investigación bibliográfica y periodística, no subordina la palabra a la historia. Fiel a la fórmula de Borges de que importa más lo simbólicamente verdadero que lo históricamente exacto, el autor sabe que está escribiendo una novela y no una biografía. Para él, la historia está más cerca de la vaguedad del sueño que de la cronometría de la máquina, ‘porque, en fin, lo que importa es el halo que dejan los hechos, más que los hechos mismos’. Ante el growth de cierta prosa(ica) periodística disfrazada de novela histórica, bien vale deslindar el rigor y la calidad de la empresa narrativa de Solares”.

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Una técnica a la que Solares recurrió con frecuencia fue a escribir diálogos a partir de supuestos encuentros o momentos espiritistas. Mucho se ha publicado sobre eso.

Con ayuda de tal recurso, que también le trajo dolores de cabeza con los herederos de Elías Calles, en El jefe Máximo pone a hablar al difunto Álvaro Obregón con el también fundador del Partido Nacional Revolucionario, al que ya retirado de la política atormentan sus fantasmas.

En este momento, en el que -citando a Solares- qué novelista nos iba a profetizar que la primera vez que el PRI, nieto del PNR callista, tendría candidato presidencial prestado sería una persona del católico PAN, vale la pena reproducir parte del diálogo entre el anticlerical Calles y Obregón incluido casi al ultimate de El jefe Máximo:

-Bueno, con decirte que fundé un nuevo partido político.

-¿Tú fundaste un nuevo partido político? Nunca te vi tamaños como para hacerlo.

-El Partido Nacional Revolucionario, para encauzar nuestra lucha y acabar con aquello de que en México los presidentes se hacen a balazos. La paz period important para el progreso. (…) Después de tu muerte y las circunstancias que la rodearon, cualquier cosa podría suceder en el país, y la más viable period un golpe de Estado. Por eso el golpe lo di yo, pero político. Como te decía, dejé la investigación y el juicio de tu asesino a los obregonistas, busqué un presidente interino que fuera civil y declaré que, en efecto, contigo se había ido el último caudillo.

-Así que el último caudillo. Como quien cube, me diste el tiro de gracia. Cuéntame cómo lo dijiste, Plutarco.

Calles hablaba lentamente, eligiendo las palabras.

-Más o menos así –y subió el tono de voz, como si dijera un discurso-. No hay personalidad de relieve, con el suficiente arraigo en la opinión pública y la fuerza private y política para merecer, por su solo nombre y su prestigio, la confianza en normal.

-Estupendo. ¿Y luego?

-¿Sigo?

-¡Claro! No sabes qué curiosidad tengo por oír ese discurso.

Calles hablaba, enfática y lentamente, muy engolado.

-No necesito recordarles cómo han estorbado los caudillos al desarrollo de otras fuerzas nacionales a las que pudiera recurrir el país en sus disaster externas o internas. Y tampoco necesito recordarles cómo imposibilitaron o retardaron esos caudillos el desarrollo pacífico de México; evolución en que los hombres y los gobernantes no fueran sino meros accidentes sin importancia actual al lado de la serenidad perpetua y augusta de las instituciones y de las leyes.

-Sopas. Así que estorbé el desarrollo de México. ¿Qué más?

En los ojos de Obregón había un brillo inquietante. Calles continuó como si no lo hubiera escuchado, aún más enfático.

-Bien hubiera podido, de no prohibírmelo mi conciencia y mi razón, envolver en supuesta utilidad pública una decisión de continuismo. No lo he hecho y hoy aseguro que nunca, por ningún motivo y en ninguna circunstancia, volveré a ocupar la silla presidencial… (…)

Vivimos una oportunidad quizás única en la historia de México. Esa oportunidad debe permitirnos, va a permitirnos… -sonríe-. ¿Te das cuenta el matuz, Álvaro? Sigo: va a permitirnos orientar definitivamente la vida política del país por rumbos de una verdadera vida institucional, procurando pasar, de una vez por todas, de la condición histórica del México de un solo hombre a la de una nación de instituciones y leyes… (citado de la versión kindle de editorial Alfaguara, 2011)

***

Novelista e historiador, al arranque de este gobierno Solares dijo en febrero de 2019 a Yanireth Israde, de Reforma, que “no puede un Presidente programarse para hacer historia, porque las circunstancias lo pueden rebasar, pueden las estrellas no estar a su favor. Creo que es un poco pretencioso y no puede saber hasta dónde llegará; pienso que es mucho mejor ver dónde va llegando uno conforme avanza en el camino”.

A López Obrador le quedan catorce meses en Palacio Nacional, y a partir de octubre de 2024 quizá algún heredero de Solares pueda mezclar, con puntualidad y solvencia narrativa, la historia de este sexenio y el halo que del mismo se desprenderá en la posteridad.

Descanse en paz don Ignacio, y saludos a los espíritus.

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